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Raúl Robles Puga
María Eugenia Robles Sahagún

Para mi papá “dar” fue el verbo más importante. Dar significaba amar, nobleza, agradecimiento, empatía, amistad… “Nunca se da lo que sobra o lo que no nos gusta, eso no tiene mérito”, decía.

Él fue generoso en responsabilidad, en honestidad, en integridad, en lealtad, en inteligencia, en hombría…
Nunca nadie le dijo que tenía que estudiar y tener un título, ni su padre ni su madre lo hicieron, sin embargo, él así lo decidió y fue alumno distinguido desde el bachillerato, en la facultad de leyes reconocido por su brillantez. Su tesis le valió mención honorífica con una calificación casi de excelencia.
Como abogado: férreo defensor de su profesión, apasionado de la materia de amparo.
Lector incansable, gran orador, de ortografía perfecta y cualidad innata para las letras.
Admirador de José María Morelos y Pavón, quien para él, debió ser el llamado Padre de la Patria. En sus tarjetas personales de presentación exhibía la frase del insurgente: “Que todo el que se queje con justicia tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario”.
Los muros de juzgados, oficinas de ministerios públicos y escritorios de jueces, fueron testigos mudos de cientos de litigios; muchos de ellos defendidos, no sólo con el sustento cabal de la ley, sino a grito de razón si era preciso, aun poniendo en riesgo su integridad. Su defendido siempre tuvo la seguridad de que su problema estaba en manos de un amigo, más que el de un abogado. En muchos casos, sin cobrar un centavo por sus honorarios.
Apasionado de los caballos y la fiesta charra. Con gran sensibilidad para la música y gran conocedor de ella. Fanático del béisbol, muy poca gente sabe de sus grandes cualidades como pitcher.
Alegre, dicharachero y encantador por naturaleza… sin términos medios, lo querían o generaba antipatía. Pero eso sí, sin lugar a dudas un amigo leal, incondicional, sincero y confiable.
No fue un hombre, ni padre perfecto, lejos, muy lejos de serlo, qué ser humano lo es. Pero mi orgullo es que no fue un hombre intrascendente; fue un hombre auténtico en todos los sentidos.
Un hombre al que le aprendí muchas cosas, un hombre que educó a mis hermanos y a mí con alta disciplina (doctrina que a la postre agradezco).
Un hombre del me que siento más que orgullosa de ser su hija, y al que agradezco infinitamente su amor y su educación.
Descansa en paz papá, porque por tus hechos, ¡jamás morirás¡

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